Las profecías no cumplidas

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Hasta la desintegración de la Unión Soviética, más o menos, el ser humano creyó sinceramente que el progreso tecnológico no tendría fin. No nos parecía raro creer en viajes a Júpiter, inteligencias artificiales o replicantes a la vuelta de la esquina. Nos equivocábamos. Ésta es la crónica de cuánto nos equivocábamos. Es la lista de algunas de las profecías jamás cumplidas de la ciencia ficción.

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Al menos en aquella época viajaban a la Luna y sabían hacer selfies
 

Hasta no hace mucho, a los autores de ciencia ficción les encantaba poner fecha futura a sus creaciones. Esto se debía tanto a una cuestión de mercado (el lector o público se trasladan mentalmente de inmediato al escenario de la acción) como al optimismo que, con respecto a los avances científicos, se vivió hasta la caída del Telón de Acero.
Y es que la competencia por la primacía mundial disparó el ingenio y azuzó la inventiva de los científicos de ambos lados. Mientras el bando capitalista y el comunista estuvieron mirándose de reojo, ambos intentaron ganar la supremacía en diferentes ámbitos, y dos de ellos (el militar y el tecnológico) fueron de la mano hasta 1989, cuando la URSS comenzó a resquebrajarse. Gracias a ello vivimos la carrera por el espacio, en la que los soviéticos partieron con ventaja (Sputnik, Gagarin, Soyuz) pero finalmente los EEUU los alcanzaron y superaron con las misiones Apollo.

1.- Marte, Júpiter y esos estúpidos asteroides

Con el fin de la Guerra Fría y el Imperio estadounidense (temporalmente) sin rival, la carrera tecnológica se desinfló. La inflexión final fue la aparición del ordenador personal y de Internet. Desde entonces parecería que no hemos sido capaces de apartar la ciencia del consumo inmediato y de la rentabilidad a corto plazo. Pero hubo una época en que algunos creían que podríamos conquistar las estrellas antes del siglo XXII. Otros… bueno, creían que antes de que acabara ese plazo habríamos acabado con nuestra civilización.

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ESTO es una nave espacial. Lo nuestro son latas de conservas sofisticadas.
 

Entre los primeros se encontraba uno de los maestros de la ciencia ficción, Arthur Clarke. Un hombre que escribía sólo obras maestras, y que en 2001: Una odisea del espacio, narraba cómo en esa misma fecha se producía el primer encuentro entre humanos y una inteligencia extraterrestre. No sin antes contarnos que para entonces habíamos desarrollado inteligencias artificiales casi perfectas, que podíamos viajar a Júpiter sin demasiados problemas y que para ello empleábamos animación suspendida. Lamentablemente, ninguna de estas profecías, ni de las incluidas en su secuela, 2010: Odisea dos (continuación de la URSS, cooperación entre superpotencias) se ha hecho realidad. De la adaptación de la primera película por parte del (pónganse de pie, mano al corazón) maestro Kubrick hemos hablado ya aquí, aunque nunca lo suficiente. De la adaptación de la segunda por Peter Hyams, decir sólo que es correctita y poco más.

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Los cohetes Saturno y Energía simbolizaron un horizonte infinito… e incumplido.
 

Digna de mención resulta la película Capricornio Uno (Peter Hyams, 1978) no por las profecías que arroja, sino por su posibilidad. En la película se narra cómo en algún momento de la década de 1970 el ser humano acomete la exploración de Marte. El fracaso de la expedición está asegurado, pero en medio de la Guerra Fría, EEUUU no puede permitírselo, así que falsifica en un estudio de grabación el descenso sobre el planeta rojo. Aunque la película no prediga la exploración humana de Marte, predice la posibilidad de hacerlo, algo que desde entonces nos ha acompañado pese a que se ha demostrado que es una empresa muchísimo más difícil que la de la Luna. Y lo hizo tan sólo 9 años después del primer alunizaje de Armstrong y Aldrin y apenas 6 desde la última misión Apollo, la 17. Como es obvio, le sobraba optimismo al respecto.

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Si tienes piedras en el riñón, piensa que podría ser peor. Mucho peor.
 

Al año siguiente se estrenó la película Meteoro, la primera de una larga serie de condenas a muerte colectivas a manos de la perversa (o indiferente) naturaleza en el Séptimo Arte. En la película, un asteroide de grandes dimensiones se aproxima a la Tierra en trayectoria de colisión. Las dos superpotencias enfrentadas habían desarrollado programas de misiles nucleares para acabar con esta amenaza, pero la tensión las ha llevado a emplearlas como arma secreta contra su adversario. El Dr. Bradley (Sean Connery) y la Dra. Donskaya (Natalie Wood) hacen frente común para poder emplear sus satélites como se habían diseñado. La primera profecía (el asteroide a punto de colisionar contra la Tierra) nunca se ha cumplido, y la red de satélites de seguimiento de NEOs (Near Earth Objects) realiza una búsqueda en tiempo real capaz de predecir trayectorias de asteroides de tamaño importante hasta bien entrado el siglo que viene. Sin embargo, y en el caso de que uno «se colase»… bueno, no tenemos nada parecido a los satélites de la película (que, por otra parte, podrían no destruir en absoluto al intruso, por lo que se usarían como «taco de billar espacial», desviando el asteroide).

2.- Patines voladores, profecías mayas y… esos estúpidos asteroides

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Sí, amigos: ese sueño de todo nacido en los 70 y 80…
 

En 1989 se estrenó Regreso al futuro II (Robert Zemeckis), en la que el protagonista, Marty McFly (Michael J. Fox) viajaba al muy lejano año futuro de… 2015. Sí, el año en que vive quien esto escribe y quien esto lee. Concretamente, al 21 de octubre. Un 2015, eso sí, bastante diferente al nuestro. Un 2015 con monopatines voladores, zapatillas Nike que se atan automáticamente y cafés retro de los años ochenta. De todo esto, sólo lo último se ha cumplido (paséese el lector por el barrio del Born, en Barcelona), aunque Nike asegura estar trabajando en las zapas de marras.

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Es que ni siquiera hemos sido capaces de ESTO, y mira que es pedestre…
 

Y siguiendo con nuestro salto de década en década, hablemos del milenarismo, ese pánico que nos entra a los bípedos más o menos racionales cada mil años y que nos dice que, por alguna razón peregrina, el mundo se acaba. Resulta que, en lugar de hacer lo que habría que hacer en tal caso (y no hablo de armarse en plan supervivencia) nos da por hacer películas y obras de arte escatológicas, como Deep Impact (Mimi Leder, 1999), que vuelve a tocar el tema del asteroide asesino. En esta película se barajan interesantes posibilidades, como que una tripulación aterrice sobre un asteroide, perfore túneles y coloque cargas de profundidad (nucleares) en él para deshacerlo. Lamentablemente, ya no disponemos de transbordadores espaciales (apunten un tanto para la tecnología soviética, aquella que nos vendían como «atrasada» y «peligrosa»: seguimos viajando en la vieja Soyuz al espacio, sin problemas), y lo más cerca que hemos estado de descender sobre un cometa o asteroide lo ha hecho una sonda no tripulada japonesa, la Hayabusa. Para poner pie en un pedrusco espacial nos faltan unos cuantos años de experiencia.

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Emmerich acaba con la superpoblación por la vía rápida, la de los mayas
 

Y exactamente diez años después Roland Emmerich estrenaría la última profecía fallida, 2012, en la que el fin del calendario según los mayas (que, como todo el mundo sabe, predijeron el fin del mundo pero no su conquista por el hombre blanco) causa el Apocalipsis. Supongo que quien se creyera esa patraña debe de estar aún escondido en alguna cueva de la vergüenza, que quizás sería también lo que debería haber hecho Emmerich a la vista del resultado artístico. Se lo perdonamos por haber dirigido Stargate y porque es un tío majo. Pero la peli apesta.

Epílogo: una posibilidad ínfima y una posibilidad preocupante

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Ahora que se acerca el verano, cuidado con las quemaduras del sol, que son peligrosas.
 

El 29 de agosto de 1997, a las 2:14 A.M., un sistema informático de Inteligencia Artificial llamado Skynet cobra conciencia de sí mismo. Cuando sus creadores entran en pánico e intentan desconectarlo, Skynet desencadena una guerra nuclear global. Toda la saga de Terminator se basa en una profecía fallida: la existencia, antes de 1997, de una inteligencia artificial. Algo que hoy en día, en 2015, no hemos logrado (no, al menos, de una que sea útil para algo más que derrotar ajedrecistas). Pero no estoy muy seguro de que eso sea algo malo. A unos años vista existe, al respecto, un horizonte ligeramente menos improbable. Los «creyentes» en él lo llaman «singularidad»: el momento en que las máquinas cobren consciencia de su existencia y el avance tecnológico dé un salto espectacular. Los optimistas confían en eso. Otros, más cautos, lo temen. Más bien porque si las máquinas deciden que son la especie llamada a dominar el planeta, y que nosotros somos el equivalente de los dinosaurios, ya podemos ir tirando los iPhones y demás zarandajas digitales a la papelera y cambiarlos por ametralladoras y bazookas. Y protección solar factor dos millones.

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Antes que eso, en 2019, es decir, de aquí a cuatro años, deberíamos tener coches voladores, edificios gigantescos en forma de zigurats, réplicas genéticamente creadas de seres humanos, colonias en el espacio exterior y al menos una estación espacial que no pareciera un ascensor con paneles fotovoltaicos, y que se llamara Puertas de Tannhauser. Todas esas profecías se perderán en nuestros sueños como lágrimas en la lluvia. Es hora de ser realistas. La película clave del cine de ciencia ficción está a punto de quedarse obsoleta en su plazo temporal. Blade Runner (R. Scott, 1982) se hace vieja. Para mal. Me jode decirlo, porque la adoro. Pero apenas somos capaces de prever una colonia en la Luna en los próximos años (por parte de los chinos); nuestro mayor logro genético ha sido hacer crecer una oreja en el lomo de un ratón, los edificios siguen pareciendo cajas de cartón o agujas (si es en Dubai) y de los coches voladores, ¿qué decir sino que se trata de la mayor frustración generacional de la historia? Ahora en serio, chicos de batas blancas: sí, queremos una cura contra el cáncer. Y contra el sida. Y que todo el mundo pueda comer y tener un techo. Y queremos coches voladores. YA. ¿Capisce?

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