Doctor Strange

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De todas las películas que componen la Fase 3 de Marvel, la más esperada por mí era, sin ninguna duda, Doctor Strange (Extraño para los amigos). No sólo porque el Hechicero Supremo es uno mis superhéroes favoritos, también porque el personaje se presta a nuevos ambientes, alejados de la high tech del resto de lanzamientos de la franquicia y que entran de lleno en el mundo de lo místico y sobrenatural (no, Thor no cuenta, en la Marvel cinemática los asgardianos no son dioses, sino alienígenas). Por fin, con el gran Benedict Cumberbatch al frente, ya tenemos aquí el debut cinematográfico del buen doctor. ¿Vale la pena? Sigue leyendo…

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Los Libros del Norte ( La Compañía Negra), de Glen Cook

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Como tú, fiel lector de los Crying Grumpies sabes bien, aquí somos muy fans de la Low Fantasy. Nombres como los de Joe Abercrombie o George R. R. Martin nos han proporcionado horas y horas a base de sangrea, traiciones y personajes de moralidad gris tirando a negra. Sin embargo, ninguno de ellos inventó nada. Desde que allá por los años 30 del siglo pasado Robert E. Howard creara a Conan el Bárbaro y Fritz Leiber a Fahfrd y el Ratonero Gris muchos han sido los autores que nos han mostrado el otro lado de los caballeros de brillante armadura, las princesas virginales y los elfos rasga arpas. Uno de los que más ha destacado en el género es el estadounidense Glen Cook, con la saga de la Compañía Negra. Hoy toca presentar la primera saga, la trilogía de los Libros del Norte, junto a la novela El clavo de plata, que le sirve de epílogo.

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Soldado de la niebla, de Gene Wolfe

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Yo, que leo prácticamente cualquier caso, tengo sin embargo un grave problema con la novela histórica, que tantas masas mueve y tantos ejemplares vende al cabo del año. Al fin y al cabo, si quieres leer historia, hay un montón de libros ahí afuera rigurosos y entretenidos que no necesitan el azucar de la ficción. Sin embargo, si el autor de turno le inyecta algo de fantasía auténtica al argumento, la cosa cambia. Un buen ejemplo de ello es la obra de Tim Powers, de la que ya he hablado en otra ocasión. Dentro de este particular subgénero del fantástico brilla otro nombre, el de uno de los grandes del género, el veteranísimo Gene Wolfe. Con Soldado de la niebla y sus secuelas (Soldado de Areté y Soldado de Sidón) coronó una de las cumbres de su carrera y de la fantasía histórica.
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Blood: hemoglobina, cultistas y píxeles orgullosos

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El año 1996 fue clave en el mundo del videojuego.  Los primeros shooters en 3D ( o mejor dicho, en 2,5D) entonaban su canto de cisne con el Duke Nukem 3D y sus sprites en dos dimensiones mientras que los padres de Doom, John Carmack y John Romero daban el salto al mundo poligonal de la mano de Quake, iniciando una revolución gráfica que desterró al píxel de su posición de dominio. Apenas un año después quien más quien menos seguía el camino abierto por id Software y ya nada volvería a ser lo mismo. Sin embargo, en 1997 Monolith Studios le sacaba todo el jugo posible al Build Engine de 3D Studios para parir uno de los juegos más cafres, gamberros y llenos de hemoglobina del género de los shooters en primera persona: Blood.

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El Trono de Luna Creciente, de Saladin Ahmed

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No cabe duda de que vivimos una etapa dulce para el género fantástico, desde que hace ya década y media Peter Jackson rompiera records con su adaptación del Señor de los Anillos y desde que hace cinco años la adaptación televisiva de Juego de Tronos, de George R. R. Martin, hiciera que ya nadie te mirara mal en el metro por leer libros con dragones en la portada. De ello también son responsables los nuevos autores del género, que han abierto nuevas perspectivas y maneras de contar: Andrzej Sapkowski, Joe Abercrombie, Patrick Rothfuss… A este nombre hay que añadir el de Saladin Ahmed el cual, con su primera y de momento única novela, El Trono de la Luna Creciente, se ha hecho un hueco entre las estrellas actuales del género.

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Wonder Woman de Brian Azzarello y Cliff Chiang

Wonder Woman Cliff Chiang Brian Azzarello

Dentro del divertido marasmo, sobre todo por motivos extra editoriales, en el que Dan DiDidio y Bob Harras han convertido DC Comics de un tiempo a esta parte, no han sido demasiados los autores que puedan haber terminado su periplo en la casa con la satisfacción de haber contado todo lo que se quería (excepto si tu nombre es Geoff Johns, claro). Una de estas raras avis ha sido el guionista Brian Azzarello quien, tras treinta y un números escribiendo Wonder Woman, pudo concluir su periplo con la satisfacción del deber cumplido. Crítica y público se han puesto de acuerdo en ensalzar esta etapa de la Princesa Amazona, una de las mejores series surgidas de los nuevos 52.

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Longshot, de Ann Nocenti y Arthur Adams

Longshot Arthur Adams Ann Nocenti

Si tuviera que ennumerar cuáles han sido los tres tebeos que, en esa etérea frontera entre la infancia y la adolescencia, forjaron el lector de cómic de superhéroes, lo tendría bien claro: Los Nuevos Mutantes de Claremont y Sienkiewicz (de la que ya escribí en otro momento), la saga del Asalto a la Mansión de Stern y Buscema (de la que, quizá, toque hablar algún día) y el que hoy nos ocupa, Longshot, de Ann Nocenti y Arthur Adams, miniserie de seis números publicada en España por Fórum dentro de la serie Marvel Héroes, entre marzo y octubre de 1988 y posteriormente reeditada en tomo en 1993 dentro de su colección de Obras Maestras, si bien yo me hice con ella mediante aquellos retapados con los que la editorial les daba una segunda vida a los cómics sin vender. Eran otros tiempos.

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