Simpatía por el Diablo

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Ni John Dillinger fue el tipo carismático y glamuroso de las múltiples películas basadas en su vida, ni Robin Hood fue el elegante ladrón y experto con arco que hacía suspirar a las damas inglesas por los bosques de Sherwood. En realidad, por lo que sabemos de ambos personajes, fueron tipos bastante desagradables: rudos, violentos y peligrosos. Sin embargo, como en muchos más casos similares (Bonnie y Clyde, Jesse James) la tendencia a mitificarlos y endulzar la leyenda ha sido más poderosa que la realidad, a menudo indeseable. ¿Por qué? ¿Qué hay dentro de nosotros que nos lleva a sentir simpatía por el Diablo?

Mis cabronazos favoritos

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Una de las cosas que algún día habrá que agradecerle a esta Edad de Oro de las series de TV es que, por primera vez, los guionistas comienzan a eludir sistemáticamente los arquetipos de héroe de décadas pasadas: Ya sabes, ese hombre blanco duro pero bueno, con un corazoncito en alguna parte, que acababa sucumbiendo ante los encantos de la-chica-de-la-serie y que repartía mamporros a diestro y siniestro (sobre todo a siniestro) en nombre de Dios, la Decencia, la Policía y el Modo de Vida Americano.

Porque esta es la época de los hijos de puta.