RECUPERANDO CLÁSICOS: OJALÁ ESTUVIERAS AQUÍ

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¡Estoy tan aburrida! La vida de la joven Lynda en un pequeño pueblo de la costa sur de Inglaterra, a finales de los años 50, es asfixiante. La rigidez de las normas sociales, la hipocresía y represión sexual y la falta de un futuro mínimamente emocionante están pasando factura. Además, llueve sobre mojado: tras la muerte de su madre, cuando Lynda tenía 11 años, ella no ha vuelto a ser la misma. En realidad, va cuesta abajo.

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1.- Up your bum!

Ojalá estuvieras aquí hubiera podido pasar desapercibida, una película más de época de las que tanto abundaron en los años 80 en la producción británica, de no ser por un elenco en estado de gracia y un directos como la copa de un pino. David Leland, también guionista y creador de la historia, tenía muy clara la historia que quería contar y cómo hacerlo. Y el resultado final fue una película que sobresalía del resto.

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Claro que contaba, para eso, con una actriz impresionante, de esas que aparecen pocas veces en una generación. Emily Lloyd, pese a su corta edad, consiguió dar vida a su personaje con todos los matices dramáticos y cómicos. Entendámonos: en manos de otra actriz, el personaje hubiera podido virar hacia la sobreactuación histriónica o hacia la inexpresividad. Quizás hacia lo meramente erótico. Lloyd evitó todas las trampas y construyó una persona de carne y hueso, insegura, desafiante, malhablada, cansada, furiosa. Un retrato, a la vez, de toda una generación, la de los baby boomers, en el momento de saltar a la palestra.

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Y, cerrando el tema interpretativo, estaba rodeada de actores serios. Actores de peso. Actores británicos, vamos. ¿Hace falta más explicación? Tom Bell, el Dzherzinsky de Reilly, as de espías (un día escribiré largo y tendido sobre esa maravillosa miniserie) y el temible McVitie de The Krays, merece mención especial por un personaje oscuro, a caballo entre el nihilismo y la absoluta cutrez, mientras que otros personajes (la tía Mille, el padre de Lynda, David) quedan un tanto desdibujados antes la potente presencia escénica de la protagonista.

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2.- Bugger off!

La historia es el choque de dos generaciones. Pero es el de las dos generaciones que, seguramente, más de frente han chocado en la historia: la de la Generación Perdida, aquellos que combatieron en las Guerras Mundiales y para los que la vida no era sino un sinfín de rituales que cumplir y normas que obedecer, y la de sus hijos, los baby boomers, la generación rock. La primera generación plenamente moderna de la historia social reciente. Lynda es el extremo de esta generación, y lleva su desafío hasta las últimas consecuencias. En este sentido, y con la perspectiva feminista contemporánea en mano, se establece un interesante debate en torno al final de la película: ¿quién acaba cediendo?

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Pero si el filme sobresale del resto es porque, además de una historia extraordinariamente bien narrada y de unas interpretaciones rayanas en la perfección, cuenta con una dirección asombrosa. Leland se dio cuenta de que el entorno era tan determinante como los personajes. Y hace del pequeño pueblo (el minúsculo local de la Legión Británica, el campo de cricket, el salón de baile…) un personaje más. Un personaje que define, a través de la claustrofobia que transmite, las vidas de sus habitantes, ordinarias, apagadas a veces, mezquinas otras.

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3.- What a drip!

Frente a todo ello, Leland cuela planos altamente simbólicos: el paseo marítimo (que en el caso de la costa británica tiene, además, una connotación tremendamente triste, de abandono) y la bicicleta de Lynda se convierten en referentes de libertad. El mar, en este caso, es una promesa nunca cumplida: la de salir y ver mundo. La de vivir.

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Conviene darle una oportunidad a Ojalá estuvieras aquí (o una segunda oportunidad, si ya se vio en su momento) para recordar que el cine británico es capaz de lo mejor, en ocasiones. Para escuchar el acento del sur de Inglaterra de un grupo de actores extraordinarios y, sobre todo, para disfrutar de la potencia interpretativa de Emily Lloyd, que después de esta película y del superéxito Cookie (Susan Seidelman, 1989) tuvo una carrera muy irregular y acabó retirándose debido a problemas psiquiátricos, un retiro del que ha ido saliendo esporádicamente. Pero sobre todo merece la pena darle una oportunidad para ver (y aprender) lo que se puede hacer con talento, una buena historia y no demasiado dinero. Cine del bueno.

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