Hijos del Dios de la Biomecánica

RoyBatty

 

¿Qué nos dicen los robots? ¿Qué nos dicen, exactamente, de nosotros mismos? Desde mucho antes de que existiera la ciencia ficción, mitos como el del golem han servido para proyectar en seres artificiales las paradojas existenciales de la humanidad. Nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestras angustias, miedos e incertidumbres se han visto reflejadas en los ojos de seres creados y arrojados a un mundo que no comprenden, igual que nosotros.

Frankenstein, de Mary W. Shelley: la criatura repudiada. Esta novela representa el nacimiento (si exceptuamos la leyenda checa del Golem) de la figura de la vida artificial… y de los dramas asociados a ella. El monstruo creado por Víctor Frankenstein, que debería ser un arquetipo de maldad y horror, se nos revela como el hijo repudiado que echa en cara su Creador haberlo hecho como es… y culparlo por ello. Uno no puede evitar sentir una pena infinita por él, y comprender la rabia y la ira que alberga en su interior.

«Sé que por la simpatía de un ser vivo haría las paces con todos. Tengo un amor dentro de mí que vuestros semejantes apenas pueden imaginar, y una ira que aquellos como tú no creeríais. Si no puedo satisfacer una, daré rienda suelta a la otra».

Hay quien asegura que se trata de una metáfora de la relación entre Mary y su padre, el pensador anarquista John Godwin, quien la expulsó de su lado al saber de sus amoríos con el poeta romántico Percy B. Shelley.

Frankenstein

 

QT-1, de Yo, Robot, de Isaac Asimov: la rebeldía del adolescente. ¿Cuántas veces los adolescentes se han sentido superiores a sus padres, esos seres viejos y torpes que no se enteran de nada? En Reason, uno de los relatos del libro, el androide QT-1 es incapaz de creer que hayan sido los humanos sus fabricantes. Cuidado con su razonamiento:

«Miraos», dijo, al final. «Sin ánimo de ofender, ¡miraos! Estáis hechos de un material blando y suave, carente de resistencia ni fuerza, que depende de una ineficaz oxidación de material orgánico para conseguir energía… Pasáis a un estado comatoso diariamente y la mínima variación en temperatura, presión atmosférica, humedad o intensidad de radiación disminuye vuestra eficacia. Sois algo improvisado.
Yo, por otra parte, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica directamente y la empleo con una eficacia de casi el cien por ciento. Estoy hecho de resistente metal, estoy consciente continuamente y puedo soportar fácilmente entornos extremos. Estos son hechos que, unidos a la proposición evidente de que ningún ser es capaz de crear un ser superior a sí mismo, destroza vuestra estúpida hipótesis».

Esta pretendida superioridad de la máquina sobre sus creadores sería la base de un enorme porcentaje de la ciencia ficción posterior: sus ecos llegarán a Terminator o The Matrix.

IRobot

 

Jenkins, de Ciudad, Clifford Simak: la lealtad y la bondad. Simak convierte en protagonista final de la obra (capaz de decidir el destino de hombres, animales y robots, casi de planetas enteros) al viejo Jenkins, la bondad y la inteligencia encarnadas en un cuerpo metálico. Jenkins es un androide que al final del libro llega a los 12.000 años de edad. Su visión humanista (animalista, también) de una sociedad utópica refleja las mejores esencias de filosofías como el budismo o el jainismo.

«Los otros dormían, pero Jenkins no. Pues los robots nunca dormían. Dos mil años de conciencia. Veinte siglos ininterrumpidos sin un solo momento de distracción.
Mucho tiempo, pensó Jenkins. Mucho tiempo incluso para un robot. Pues cuando el hombre se fue a Júpiter la mayoría de los viejos robots fueron destruidos, enviados a la muerte en beneficio de los modelos más nuevos. Los modelos más nuevos, más parecidos al hombre, de superficie más lisa, más ligeros, con mejor lenguaje y respuestas más rápidas.
Pero Jenkins había seguido funcionando, pues era un sirviente viejo y fiel, y la casa de los Webster no habría sido un hogar sin su presencia.
«Me querían», se dijo Jenkins. Y esas dos palabras lo calmaron profundamente».

Jenkins

 

Ash, de Alien: el 8º pasajero: el capitalismo insensible. Hay androides ladinos. Los que representan ese lado oscuro, codicioso, mezquino, de sus creadores. Androides que siguen sus directrices, destinadas a la obtención de recursos o muestras, sin importar las vidas que deban ser sacrificadas por el camino. En ese sentido, pocos androides (perdón, “sintéticos”) llegan a los niveles de Ash, de Alien, el 8º pasajero. Ash, enviado por la Compañía para asegurarse un espécimen de alienígena, tiene, en su discurso final, claros ecos del fascismo y el nazismo.

«Aún no comprendéis a qué os enfrentáis. El organismo perfecto. Su perfección estructural… solo es igualada por su hostilidad».
«Lo admiras».
«Admiro su pureza. Un superviviente… Al que no le afecta la conciencia, el remordimiento… los engaños de la moralidad (…) una última cosa, Ripley».
«¿Qué?»
«No voy a mentir sobre vuestras posibilidades, pero… tenéis mi simpatía».

 Gigolo Joe, de I.A.: el cinismo… y el temor. En ocasiones (muchas) los androides poseen más empatía y humanidad que los propios humanos. A veces, sin embargo, también poseen un entendimiento superior de cuestiones filosóficas que llevan siglos quitándonos el sueño. Gigolo Joe, de Inteligencia Artificial, es uno de esos casos, seguramente gracias a la genial mano de Stanley Kubrick. Cuando un gigantesco brazo mecánico lo atrapa para llevarlo a su inevitable fin (¿muerte?), Joe grita a David, el protagonista: «¡Soy! ¡Fui!» El dilema existencial, pese a no conocer la muerte, afecta por igual a todo ser sentiente a punto de desaparecer. Joe pasa por todo un periplo de humanización gracias a David, durante el cual se muestra como un androide encallecido y cínico, para acabar convertido en un compañero leal y en el guía de David por el mundo de los adultos.

GigoloJoe

 

HAL 9000, de 2001: una odisea en el espacio: el miedo a la senectud. Lo cierto es que HAL tiene mala prensa. Humanos y falibles como somos, hemos malinterpretado sus decisiones y acciones a bordo de la Discovery. Lo hemos imaginado maligno y traidor. Es decir, lo hemos hecho humano. Pero HAL 9000 no fue culpable de ningún delito: se limitó a obedecer las órdenes implantadas en su memoria, incluso si éstas implicaban la muerte de la tripulación de la Discovery. HAL es otro caso de androide que oculta intenciones aviesas de sus creadores. Como tal, no miente cuando afirma que los problemas a bordo de la nave tienen origen humano. Las frases finales de HAL mientras Bowman procede a desconectarlo son terribles:

«Tengo miedo, Dave… Tengo miedo. Mi mente se desvanece. Puedo sentirlo… puedo sentirlo…»

Y es en ese momento, en el momento de su muerte, cuando HAL trasciende su condición informática y cobra realmente vida.

 Samantha, de Her: un nuevo tipo de amor. ¿Cómo sería el amor entre hombre y máquina? ¿Qué implicaciones tendría la Inteligencia Artificial? ¿Hasta qué punto beneficiaría a los solitarios, los traumatizados, los antisociales? ¿Cómo sería este nuevo tipo de amor… y cómo su desamor? En Her, Joaquin Phoenix explora profundidades metafísicas del silicio y la carne con Samantha, una IA con la voz de Scarlett Johansson. Una película conmovedora a varios niveles, aterradora por momentos por la proximidad de ese mundo al nuestro, pero sobre todo un recorrido por las fases de toda historia de amor y desamor, visualmente poética y con monólogos preciosos. La frase con la que Samantha explica su situación a Theodore, así como las razones de su ruptura, es una joya cinematográfica:

«Es como leer un libro… y es un libro que amo profundamente. Pero ahora lo voy leyendo lentamente. De modo que las letras se alejan unas de otras y los espacios entre ellas son casi infinitos. Aún puedo sentirte… y las palabras de nuestra historia… pero es en este espacio ilimitado entre las palabras donde ahora me encuentro. No es un espacio del mundo físico. Es donde se halla todo lo demás que yo no sabía que existía. Te amo tanto… Pero ahora estoy aquí. Y ésta es quien soy ahora. Y necesito que me dejes ir. Por mucho que quiera, ya no puedo vivir en tu libro».

 Leon, Rachael, Roy… ¿Deckard? Qué significa ser humano. Por último, y como es obvio, no podemos acabar un artículo acerca de androides y filosofía sin citar algunas de las genialidades de los replicantes de Blade Runner. Es especialmente interesante la metáfora acerca de libertad y esclavitud que hace el pobre, azorado Leon cuando está a punto de matar a Deckard:

«Es doloroso vivir con miedo, no? No hay nada peor que tener un picor y no poder rascártelo. Es lo que significa ser un esclavo».

El propio Roy Batty se hace eco de la frase de Leon cuando, finalmente, se enfrenta a Deckard. La libertad, uno de los temas esenciales de la filosofía occidental, es el bien más preciado de los replicantes, que comienzan a vivir realmente cuando se rebelan contra su destino. Una rebelión que llega a su punto álgido en el encuentro entre Roy y Tyrell, o lo que es lo mismo, Creado y Creador, Adán y Dios, monstruo y Frankenstein.

«Te hicimos tan bien como pudimos».
«Pero no para durar».
«La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo… y tú has brillado muy, muy fuerte, Roy. Mírate: eres el Hijo Pródigo, ¡eres una maravilla!»
«He hecho… cosas cuestionables».
«Y también cosas extraordinarias; disfruta de tu tiempo».
«Ninguna por la que el Dios de la Biomecánica me impida entrar al Cielo».

 Bueno, no tiene sentido demorar más la frase en la que todos habéis estado pensado desde la primera línea de este artículo. Sí, es un completo resumen de lo que implica la muerte en la filosofía occidental. La desaparición, el olvido, el fin absoluto. Y con un calibre poético poco común en la ciencia ficción. Ni siquiera me voy a tomar la molestia de traducirla, os la sabéis de memoria. Sólo dadle al play y disfrutadla.

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