Muerte y Resurrección del Cyberpunk, Cap. 11: tres reflexiones

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En su día hicimos un extenso repaso a lo mejor y peor del género cyberpunk, tanto en su génesis literaria como en su adaptación a la gran pantalla. Observamos cómo tras poco más de una década de vida comenzaba su primer declive, coincidente con el lanzamiento mundial de Windows 95 y cómo la película The Matrix marcaba el punto de inflexión (y el canto del cisne) del género al hacerlo pasar del ghetto hacker al mainstream. Por último, observamos cómo, en lugar de desaparecer, cambiaba de apariencia y se adaptaba a los nuevos tiempos, tiempos que él mismo había vaticinado.

En los meses transcurridos entre aquellos artículos y este corolario, se han dado ciertos movimientos en la subcultura que convendría mencionar: en primer lugar, la tercera temporada de Black Mirror, que contiene escenas y momentos memorables: el episodio San Junipero, probablemente una de las mejores historias cyberpunk jamás narradas, obtuvo, merecidamente, dos premios BAFTA y dos premios Emmy.

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En segundo lugar tenemos el remake con actores de carne y hueso (y mucho CGI) de Ghost in the Shell, protagonizada por Scarlett Johansson y Takeshi Kitano. La película suscitó críticas aceradas y adhesiones más o menos tibias, amén de una natural controversia por la elección de una actriz occidental para un papel que debería haber interpretado una oriental.

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En tercer lugar, y quizás el más importante, el estreno de Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, que va camino también de convertirse en un campo de batalla, una línea divisoria entre partidarios y detractores. Oh, y el anuncio de que se prepara una versión cinematográfica de Snow Crash, de Neal Stephenson. Vamos por partes.

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La tercera temporada de Black Mirror incidió con más fuerza que antes en algunos aspectos terroríficos de las posibilidades de la tecnología. La posibilidad de hackear la percepción de combatientes, convirtiendo a sus enemigos en cucarachas gigantes para anular el natural instinto de no matar a los de la propia especie; la aterradora realidad que constituye el chantaje electrónico o las consecuencias de otorgar un poder excesivo en nuestras vidas a la valoración ajena expresada en redes sociales. Pero San Junipero, dirigida por Owen Harris, marca un antes y un después en el género.

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La historia se ambienta en el pueblo costero del mismo nombre, en 1987… o eso parece. Porque San Junipero (voy a medir las palabras para no hacer un spoiler mayúsculo a nadie) trata de qué es real, qué es virtual, de cómo la tecnología puede ayudar a las personas desahuciadas, de cómo salvar el Vacío Final que nos espera a todos, de cómo, en definitiva, dejaremos de necesitar a Dios. Las protagonistas son dos jóvenes, Kelly (Gugu Mbatha-Raw) y Yorkie (Mackenzie Davis) que se conocen, se enamoran, se aman y se buscan desesperadamente a lo largo de todo el metraje. Es absolutamente imprescindible: con una historia preciosa de fondo, toca todas las teclas importantes del cyberpunk.

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Ghost in the Shell, en su versión de carne y hueso, no es en absoluto el desastre que los críticos y los nerds aseguran. Pasa como siempre: no se perdona que algo que era privado, algo para «unos pocos escogidos», pase al mainstream y a posesión del público en general. Tampoco se perdona que la historia del anime original, retorcida y difícil de seguir en algunos momentos, se haya simplificado para hacerla más accesible al público masivo. Sin embargo, lo cierto es que se mantiene el tema (la colusión de intereses entre Gobiernos y corporaciones) y las preocupaciones filosóficas del original.

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No ayuda mucho que el papel de la mayor Kusanagi lo haya interpretado una Scarlett Johansson en absoluto idónea para el mismo, ni que, para colmo de males, un Takeshi Kitano muy poco motivado interprete a Aramaki, ese genio de la botella, Deus ex Machina cuya sombra se proyecta sobre toda la historia de Shirow. Sin embargo, la película tiene una atmósfera visual arrebatadora, y toma elementos de los animes posteriores (Innocence y Arise) y los aprovecha con entusiasmo. La ambientación es espectacular y cada elemento visual y sonoro es un homenaje al original. Así que la cosa queda dividida.

La cuestión, sin duda, es: ¿por qué? ¿Para qué regresar a la misma historia del cyberpunk clásico de 1995 cuando, sin duda, el género ha evolucionado tanto? Todo lo que podemos ver en el film (la elección de Johansson y Kitano, la dirección frenética, poco acertada en ocasiones de Rupert Sanders…) apunta al vil metal, y solo a eso. Y es una lástima: una ocasión perdida de hacer un reboot comme il faut al universo de Kusanagi, Batou y compañía.

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Esto no ocurre, al menos, con Blade Runner 2049. Hasta los fans más acérrimos reconocerán que Villeneuve se aleja visualmente de la película de Ridley Scott, arriesga, pone carne en el asador y obtiene una película melancólica, como la original, pero mucho más oscura y pesimista, mucho más desencantada con el género humano. Aunque un servidor no es especialmente fan de Ryan Gosling, hay que decir que su cara de palo se adecúa a la perfección al alma del protagonista, K. Si Rick Deckard provenía del género hardboiled de escritores como Dashiell Hammett y Raymond Chandler, K procede de un subgénero bastante más sórdido del noir, uno más cercano a la realidad, al dolor constante que implica ser un paria. En cierto sentido me recuerda extraordinariamente al protagonista de Escupiré sobre vuestras tumbas, de Boris Vian.

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Blade Runner 2049 tiene mucho del cuento clásico Pinocho, de Collodi, y bebe también de la magnífica Her (Spike Jonze, 2013) pero sigue patrones propios que en ocasiones llegan a la especulación sobre la condición humana y su supuesta superioridad sobre otras (eventuales) formas de conciencia. Y aunque los miembros de este blog ya hemos enfrentado opiniones diversas al respecto de la película, el que esto suscribe es un ardiente defensor del experimento de Villeneuve.

Dejemos aquí la crítica para no entrar en spoilers. ¿Era necesaria Blade Runner 2049? No. ¿Es bienvenida? Mucho. Supone una oportuna evolución, en muchos sentidos, del género cyberpunk, alejándolo del noir clásico e introduciéndolo en terrenos un poco más sociales y medioambientales. Complemento imprescindible: los cortos oficiales Blackout 2022, 2036: Nexus Dawn y 2048: Nowhere to Run.

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En definitiva, parece que el cyberpunk tampoco se libra de la tendencia del Hollywood actual de buscar historias ya probadas en lugar de arriesgar con historias nuevas. A veces los resultados son mediocres y otras veces, esplendorosos. Habrá que esperar a la adaptación audiovisual de un clásico como Snow Crash, anunciada hace escasamente un mes y medio por Paramount Television, para ver hacia cuál de ambos lados se decanta la balanza. Ya lo dice el refrán: un paso adelante, dos atrás.

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Mr Robot: han hackeado nuestra democracia

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No suelo escribir sobre series o películas que se están emitiendo por varias razones, la principal, el «efecto Lost». Imaginaos que durante la primera temporada de Perdidos, llevado por el entusiasmo, hubiera dejado negro sobre blanco algo como «…una serie destinada a convertirse en un clásico de la TV, el equivalente moderno de La dimensión desconocida, y que sólo puede ir a mejor…» Pues eso. Voy a romper esta regla, también, por varias razones. La primera, que la serie de la que voy a hablar es de temática cyberpunk, y ya sabéis que eso me pirra. La segunda, que, tras leer varias críticas de Humpty y Geek Grumpy, he aprendido algunos trucos. No soy tan burro como parezco.

Net runner: Blue Sun, alejándonos del Flatline

Blue Sun, Weyland, Netrunner, Crying Grumpies

Siempre que nos acercamos a la creación de un deck Weyland surge la cuestión, ¿Cómo mató al runnner?. La culpa, fácil, esa carta llamada Scorched Earth y el tech llamado Tag’n’Bag. Esta mecánica ha monopolizado los decks de la Corporación verde hasta el punto de que al salir Blue Sun, una de las identidades más comberas, lo mas importante era encontrar como hacer aún más dinero para seguir haciendo lo mismo de siempre.

¡¡¡¡¡ABURRIDO!!!!!

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Muerte y Resurrección del Cyberpunk, Cap. 10 : Resurrección

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Como la Mayor Kusanagi, el cyberpunk no ha muerto. Sólo ha mutado, cambiado de pieles. Ha efectuado una muy necesaria diversificación y, sobre todo, ha dejado atrás ciertos clichés que lastraban su desarrollo como género. Esto se ha debido en parte a que muchos de los horizontes temporales que presentaba se encuentran ya muy cercanos y el mundo ha evolucionado por otros caminos: la URSS se desintegró, no hay Colonias Exteriores más allá de la Tierra, las naciones-Estado se muestran reacias a desaparecer y no hay ni rastro de las nuevas religiones que debían darse: los viejos cultos monoteístas siguen ahí, algunos más fuertes que otros, algunos más radicalizados que otros.

Muerte y Resurrección del Cyberpunk, Cap. 1 : ¿Quién mató al Cyberpunk?

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Todos recordamos que «en el inicio fue la línea de comandos», y que «el cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto». Todos hemos leído novelas y cómics cyberpunk, visto películas, series, jugado a juegos de rol, a videojuegos algunos incluso dieron el paso y se convirtieron en hackers o (los menos dotados) en cybergoths.

Netrunner: Explorando la Perfección

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En todos los juegos de cartas siempre hay una serie de barajas que dominan el entorno, o forman lo que se conoce como Gaunlet. Actualmente si miramos desde el punto de vista de las Corps hay dos grandes dominadoras.NBN de fast-advance y Replicating Perfection de hielos, sin kill. Esta última acabó siendo pilotada por Tre o Dan para alcanzar la cima de nuestro nacional y del mundial respectivamente. Los dos decks partían de la misma idea para hacer cosas no tan parecidas, Glacier de end the run contra Glaciar de Tax. Inspirado por ellos y Minh y su Personal Evolution yo acabé con una mezcla de los tres estilos.

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Snow Crash, ciberpunk y rock & roll.

Snow Crash

Un virus informático que es capaz de reescribir el ADN humano, un hacker que trabaja como repartidor de pizza, una sociedad anarcocapitalista donde la Mafia Italiana es una franquicia respetada y los estados simplemente algo nominal, antiguos dioses sumerios y un villano motorista que lleva una bomba atómica a modo de seguro de vida en su sidecar. Todo eso y mucho más es el cóctel que Neal Stephenson propuso en su tercera novela, Snow Crash.

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